Quiero estudiar para ser un mejor hombre: la historia de Benjamín

By Rodrigo Barraza García | August 13, 2019 | The Americas | Education, Freedom from Violence & Exploitation, Gender Equity, Youth Empowerment

Nota del editor: Esta historia ha sido co-escrita por Benjamín y por Rodrigo Barraza, Oficial de Programas para GFC. También está disponible en inglés.

Me llamo Benjamín. Tengo 17 años. Vivo en una ciudad muy famosa, muy grande. Siempre que le cuento a las personas dónde vivo me responden lo mismo: “¡Qué bonito, como quisiera vivir ahí!”.

Ten cuidado con lo que deseas, es todo lo que puedo pensar.

El lugar dónde vivo se llama Cancún, Quintana Roo. Está en el sur de México y tiene unas playas muy hermosas, tiendas muy bonitas para comprar ropa, restaurantes para comer comida increíble de todas partes del mundo, lugares para bailar hasta el amanecer… Si tienes el dinero claro.

Benjamin en su hogar en Cancún, Quintana Roo.

Y es que para mí Cancún son dos mundos distintos. Uno es el Cancún para los turistas, lleno de glamour, risa, alegría, familia, diversión. Un mundo perfecto.  Una fantasía.

Y otro es el Cancún real, la ciudad que sostiene esa fantasía. Llena de personas de otros lugares que vienen a tender camas, a limpiar cuartos, a cocinar, a vender souvenirs. A convertirse en sirvientes. Gente que siempre está muy cansada y triste. Que gana muy poco dinero y que vive en un Cancún lleno de violencia, de pobreza, de desigualdad. Ese es el Cancún que yo conozco. El Cancún en el que vivo y en el que he aprendido a sobrevivir.

Esa violencia de la ciudad se refleja en todos lados. También en mi casa. Con mi familia. Mi padre era violento con mi madre, de muchas formas, no solamente la física. También había gritos, órdenes, amenazas. Yo tenía miedo todo el tiempo. De la ciudad. Y de mi papá.

Yo me acuerdo de ver todo eso, pero al mismo tiempo sentir que no era yo el que estaba ahí. Para mí era como ver un programa de televisión. No sabía qué hacer. No sabía que sentir. Pensaba que era algo normal, que así debía ser porque mi papá era el jefe de la casa.

Hasta que me acostumbré a la violencia. Y se volvió mi propio lenguaje.

Uno de mis peores recuerdos de cuando era más chico es cuando nos dijeron que teníamos que dejar la casa dónde vivíamos, y tuvimos que irnos a quedar con unos tíos. Yo siento que en ese momento dejé de ser niño, porque cuando sales de la casa dónde creciste dejas mucho de lo que eres atrás. Ya nunca vas a ser el mismo. Es como si dejarás un pedazo de tu corazón.

Mi padre nunca hablaba conmigo. Era difícil para mí saber cómo se sentía. Quería preguntarle por qué estaba siempre tan enojado, decirle que podía confiar en mí. Pero nunca me atreví.

Cuando comencé a estudiar la preparatoria mi padre y yo empezamos a discutir mucho. Él me dijo que yo no podía seguir estudiando, que además el estudio no dejaba nada bueno, que lo que tenía que hacer era trabajar, para apoyar con los gastos de la casa. “Eso es ser un hombre, estudiar es solamente una pérdida de tiempo” me dijo.

Me dio tanta rabia, tanta impotencia… Por qué yo no estaba de acuerdo con él. Yo quería trabajar y apoyar a mi familia, pero no quería dejar de estudiar. Ahora que lo pienso, y aunque nunca se lo pude explicar así de claro a mi papa, yo quería estudiar por dos cosas:

Para apoyar a mi familia, pero apoyarla de verdad, no solo con migajas sino teniendo una profesión, para que no estuviéramos solo sobreviviendo ni pasando de casa en casa, sino para darles un mejor futuro. ¡Eso! quería estudiar para que mi familia y yo tuviéramos derecho a un futuro.

Y también quería estudiar por mí, para ser mejor persona. Para poder contribuir, aunque sea un poquito, a cambiar todas las injusticias que veo todos los días a mi alrededor. Para que no haya un mundo ideal para unos pocos y un mundo real y violento para muchos. Para que todos podamos tener nuestro mundo perfecto.

Me gusta tanto estudiar, aprender cosas nuevas, que para mí una vida sin estudios no es vida. Así que cuando mi papá me dijo esto me sentí muy desesperado, sentí que no había razón para vivir. Y decidí quitarme la vida.

Afortunadamente mi mamá estaba cerca y me salvó. Llegó justo en el momento en el que estaba poniendo una cuerda sobre mi cuello.

La vi llorar como nunca lo había hecho, ni siquiera cuando mi papá le pegaba. Y me di cuenta de que estaba siendo un cobarde, y que no era justo que le causara tanto dolor a quien me había dado la vida y había estado tantas veces para mí. Decidí quedarme y luchar, y esforzarme por ser mejor y cuidar de ella cada día. Esa fue la promesa que le hice. La promesa que me hace seguir adelante.

Ha sido muy bonito porque a partir de ese día en el que tomé la decisión de vivir, de luchar, de quererme, todo ha ido alineándose.

Un mes después de ese episodio conocí a la organización Centro Integral de Atención a las Mujeres (CIAM). Me enteré de que estaban dando becas para continuar los estudios y decidí enviar una solicitud. Uno de los días más felices de mi vida fue cuando me dijeron que me habían aceptado, que podía continuar mi sueño.

Poco a poco comencé a involucrarme con las actividades de la organización especialmente en un programa que tienen que se llama juventudes en acción. Ahí aprendí mucho sobre sexualidad responsable y masculinidades sanas. Aprendí a conocer mi cuerpo y a respetarlo, y a respetar el cuerpo y la orientación sexual de las y los demás.

Antes era muy machista, lo veía como lago normal porque fue lo que me tocó ver en mi casa. Con CIAM aprendí que no tiene por que ser así, que hombres y mujeres valemos por igual, y aprendí a admirar la lucha de las mujeres por hacer valer sus derechos. Aprendí que no por que uno conviva todos los días con la violencia tiene porque reproducirla. Que, por el contrario, todos tenemos la responsabilidad de terminar con ese ciclo y construir prácticas más sanas entre hombres y mujeres. Que la ciudad somos todos. Por eso ya no tengo miedo.

Por primera vez en mi vida me siento escuchado, comprendido. Y comencé a expresarme más y más. CIAM me ha ayudado a ir construyendo la mejor versión de mí mismo.

Para unos la vida es más fácil. Para otros es una lucha constante. Y uno no elige que vida le toca, pero si la vida que quiere construir. Y gracias a CIAM siento que estoy en ese camino.

A las y los jóvenes como yo les digo que está en nosotros el cambiar nuestra vida y a nuestra comunidad. Que no tengan miedo a expresarse, a ser libres, a tener una opinión. Que se sientan orgullosos de lo que son. Así se cambia al mundo.

Yo quiero ser contador y cambiar mi vecindario y mi ciudad para que las y los jóvenes vivan felices, con seguridad, con alegría, con libertad. Quiero ayudar a que las personas tengan más opciones de las que yo tuve.

¿Y tú? ¿ya pensaste en lo que quieres ser?  ¿Cómo quieres mejorar tú vida y tú comunidad?

 


El Centro Integral de Atención a las Mujeres (CIAM) fue fundado por una periodista de renombre nacional, Lydia Cacho, en 2001. Nacida en Ciudad de México, Cacho se hizo famosa por desmantelar una red de tráfico de menores que involucraba a autoridades mexicanas y por su trabajo defendiendo los derechos humanos de las mujeres en Quintana Roo. Después de su fundación, el CIAM sirvió como refugio para víctimas de violencia, trata y violencia de género durante diez años antes de cambiar su misión de centrarse en la educación para la paz y la prevención de la violencia.

El Centro de educación para la Paz del CIAM se centra en la prevención de la violencia de género y el cambio de actitudes de género para beneficiar no solo a las mujeres y los niños, sino también a los hombres. El CIAM prioriza la sensibilización de los niños y jóvenes, basándose en la creencia de que la violencia solo puede reducirse si las nuevas generaciones son conscientes de sus efectos negativos.

Header photo: A mural created by CIAM in 2019 reads “I am stronger than fear.” 

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