Aquí estamos: liderazgo juvenil indígena en Chiapas, México

By Global Fund for Children | July 23, 2020 | The Americas | Youth Empowerment

Este blog fue escrito por Ausencio Pérez, voluntario con La Coalición Indígena de Migrantes de Chiapas (CIMICH), socio de GFC en México. Esta publicación también está disponible en inglés.

El líder juvenil indígena Chencho nos comparte su inspiradora historia de coraje y resistencia, demostrando el poder de las juventudes para mejorar sus comunidades y promover el cambio social.

1. Los jóvenes tenemos … piernas

Me llamo Ausencio Pérez, pero me gusta que me digan Chencho. Tengo 20 años y vivo en una comunidad indígena que se llama Poconichim, en los Altos de Chiapas, México.

Desde que nací, la migración ha sido parte de mi vida. Crecí con mis abuelos. Por muchos años, lo único que conocí de mi padre fue su voz. Cuando era apenas un bebé él se fue a trabajar como albañil a otro estado del país para poder sostener a la familia.

Mis abuelos también agarraron camino. Fueron desplazados por el conflicto armado.

Mi abuelo pasó muchos años recordando su comunidad y soñando su regreso. “Nada crece sin raíz, y a mí me la han cortado”, me decía. Me hizo muy feliz saber que antes de morir pudo volver a su pueblo. A la tierra que lo vio nacer.

Esa es nuestra vida, desde que somos niños. Para sobrevivir, hay que mover las piernas. El que se queda quieto, se muere. Yo comencé a moverme desde los 15 años, trabajando de mesero, aguantando malos tratos y discriminación. Hasta que me cansé y regresé a mi casa.

Igual que mi abuelo, quería recuperar mis raíces. Esta vez, las piernas no me sirvieron para irme, sino para volver. Volver y luchar por una vida digna en mi comunidad, con los míos. Con otros jóvenes.

Que nuestras piernas no sirvan para huir, sino para correr libres y descubrir quiénes somos.

2. Los jóvenes tenemos … boca

Desde que era niño, me encantaba hablar. Mi sueño era ser cantante de música ranchera.

A veces me regañaban por querer dar siempre mi opinión en las asambleas de la comunidad. “Tú cállate, que estás muy chico y no sabes nada”, me decían. Pero yo no hablaba por enseñar, sino para preguntar, para aprender y para que la voz de los jóvenes también fuera escuchada. “¿Por qué me voy a callar, si yo también tengo una boca, igual que ustedes?”, les respondía.

Algunos solamente se reían, pero otros comenzaron a escucharme.

Cuando tenía 13 años conocí la Coalición Indígena de Migrantes de Chiapas, gracias a mi abuelo. Me encantaba ir a las reuniones porque siempre me dejaban participar, sentía que mis palabras eran valiosas. Que tenían poder. El poder de cambiar las cosas.

Me invitaron a formar mi propio grupo, me explicaron que era mi responsabilidad usar mi voz para inspirar a otros jóvenes. Así que comenzamos a juntarnos, a hablar de nuestros problemas y de nuestros sueños. Respetando siempre las diferentes opiniones y tratando de aprender de todas y de todos. Poco a poco, fuimos perdiendo el miedo. Encontramos nuestra propia voz.

Mi voz ahora está hecha de muchas voces. Voces de jóvenes que sueñan con ser felices sin importar dónde se encuentren. Voces que exigen, pero que también dan ideas. Voces que merecen ser escuchadas.

Chencho canta una canción de hip-hop sobre la migración y sus raíces indígenas durante un encuentro transnacional de jóvenes migrantes celebrado por Voces Mesoamericanas Acción con Pueblos Migrantes, San Cristóbal, Chiapas. © GFC
3. Los jóvenes tenemos … manos

Desde muy chico, aprendí a trabajar la tierra. Mi abuelo me enseñó con amor y paciencia. Cargábamos leña mientras me contaba historias de su pueblo que me hacían reír mucho. También me daba dulces.

Hombres y mujeres aprendemos a trabajar, a usar nuestras manos, casi desde que nacemos. Cocinamos, sembramos la tierra, cultivamos, cuidamos a los animales, molemos maíz, hacemos el fuego, construimos casas. El trabajo nos conecta con la comunidad. Es parte de lo que somos, es nuestra herencia indígena.

Chencho participa en un taller artístico para jóvenes indígenas en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. © GFC

En la CIMICH, me he dado cuenta de nuestras capacidades como jóvenes. Hemos aprendido a organizarnos y a desarrollar proyectos productivos sin tener que dejar nuestra comunidad y sin tener que abandonar nuestra raíz. Trabajando, nos fortalecemos y nos sentimos orgullosos de quienes somos. Construimos comunidad.

Con mi grupo de 15 jóvenes hemos puesto una panadería. A veces nos juntamos a hacer pan, otras a hablar de nuestros derechos, otros a dibujar o simplemente a jugar. Disfrutamos lo que hacemos y, poco a poco, aportamos a nuestras familias.

No queremos que nos regalen cosas. Queremos que respeten nuestro trabajo y estén dispuestos a trabajar con nosotros. Los jóvenes también podemos ser líderes.

Con nuestras manos vamos construyendo sueños. Manos conectadas con la tierra. Manos de todos colores. Firmes, pero que saben abrazar. Manos que dan. Manos que trabajan juntas. En comunidad.  

4. Los jóvenes tenemos … corazón

En el idioma tzotzil, para decir “¿cómo estás?” preguntamos “¿cómo está tu corazón?”

Hoy nuestros corazones están tristes. Nos duele lo que sucede en el mundo. La crisis del COVID-19 nos ha afectado de manera profunda. Los productos se han encarecido. Los pocos empleos se han terminado. La violencia y los conflictos comienzan a surgir. Parece que el otro es siempre un enemigo.

En la CIMICH nos negamos a ver a los demás como un riesgo. Todos y todas seguimos siendo hermanos, conectados en un solo corazón. Siguiendo todas las medidas de precaución, hemos comenzado a ir a las comunidades a entregar despensas, a organizar pequeñas pláticas familiares y comunitarias y a repartir información sobre la enfermedad.

Queremos combatir el miedo, el individualismo y la desconfianza. Apostamos por nuevas formas de encuentro y diálogo que nos permitan entender y aprender de lo que nos sucede.

Nuestro corazón esta triste, pero también está fuerte y somos los jóvenes los que tenemos el poder de ayudar y transformar el miedo en nuevos espacios de entendimiento y solidaridad.

Tenemos piernas, tenemos bocas, tenemos manos, tenemos corazón. Las y los jóvenes indígenas estamos más vivos que nunca. Aquí estamos y no nos vamos a ningún lado. Escuchamos y aprendemos de otros jóvenes y los adultos para fortalecernos y proponer nuevas ideas, sueños y esperanzas.

Creemos en un mundo mejor porque ya lo estamos construyendo.

 


 

La Coalición Indígena de Migrantes de Chiapas (CIMICH) apoya las comunidades indígenas de Chiapas en sus procesos para construir una buena vida y dignificar la migración en sus territorios. Actualmente está conformada por 25 grupos localizados en municipios de los Altos de Chiapas. Aproximadamente 250 personas participan.

La CIMICH trabaja como organización hermana y aliado comunitario de Voces Mesoamericanas Acción con Pueblos Migrantes A.C., socio mexicano del Fondo Mundial para la Niñez, quién forma parte de nuestra iniciativa de protección de niñas y adolescentes migrantes.

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