“Quiero dar palabras de esperanza”: la historia de Ángel

By Rodrigo Barraza García | August 26, 2019 | The Americas | Education, Freedom from Violence & Exploitation, Gender Equity, Youth Empowerment

Nota del editor: Esta historia ha sido co-escrita por Ángel y por Rodrigo Barraza, Oficial de Programas para GFC. También está disponible en inglés.

Anteriormente un beneficiario de Organización para el Empoderamiento de la Juventud, Ángel Rodríguez ahora lidera el trabajo de masculinidades al interior de la organización. © OYE

Mi nombre es Ángel Rodríguez. Tengo 28 años y vivo en una pequeña ciudad llamada El Progreso, en Honduras. Soy el menor de 4 hermanos.

Desde que nací, mi realidad fueron los campos bananeros de Honduras. ¿Los conoces?

Campos y campos de bananas. Cómo ciudades. Hasta dónde tus ojos pueden ver. Y miles de familias trabajando día y noche. Los campos te devoran y se vuelven tu mundo. Sientes que no hay nada más allá. Que no hay escapatoria.

Las personas que allí viven llegan a creer que no hay futuro. Que lo único que se puede hacer es dedicarse a la vida de campo, sin fijar metas y aspiraciones, acomodándose a una realidad que marca un futuro incierto. Si sales de allí, debes saber que lo haces para cambiar tu vida y la de los tuyos.

Y yo decidí justo eso: estudiar, superarme. Así que cuando tenía 11 años les dije a  mi madre y a mi padre que me iba a la ciudad, que me iba a vivir con mi abuela y mi abuelo porque quería estudiar la secundaria.

“No queremos que te vayas hijo, quédate con nosotros, haznos compañía, aquí puedes salir adelante.” Esas fueron sus palabras. Por ser el hijo menor no querían separarse de mí, pero luego entendieron que lo mejor era darme libertad para cumplir mis sueños. “Váyase hijo, aunque nos duela, prepárese para la vida, para ser una mejor persona, con mucho esfuerzo lo lograremos.”

Aunque mis padres siempre me apoyaron fue muy doloroso separarme de mi familia. Los extrañaba tanto … Me acuerdo que todos los días me dormía abrazando un vestido que era de mi madre y aún conservaba su perfume para no sentirme tan solo. Necesitaba sentirla cerca.

El ambiente en la ciudad era desolador para mí.  Extrañaba mi casa, mi gente, mis vecinos, mis tardes de juegos, todo aquello que formaba parte de mi desde mi nacimiento. Sentí que mi mundo había dado un giro de 180 grados. No fue fácil, pues la gente de la ciudad me pareció más fría. Sentía que siempre estaba ocupada, cada quien en lo suyo, sin tiempo para compartir ni sentarse a la mesa.

Ángel con miembros del staff juvenil de OYE, facilitando una actividad cultural en El Progreso, Honduras. © OYE

Al principio me dieron muchas ganas de regresar con mi familia, pero mi abuelo no me dejó, siempre me defendía de todo “Hijo no renuncies, aquí estarás seguro, con lo que tenemos vamos a salir adelante, esta es su casa, para eso nos tienen a su abuela y a mí.”

Todavía puedo verlo. Siempre alegre, siempre cantando alguna canción ranchera. Cada cumpleaños que pasé con ellos se levantaba a las cuatro de la mañana para cantarme y felicitarme.  Tenía detalles que marcaron mi corazón, lo amaba como a un padre.

Fue muy doloroso cuidarlo en su enfermedad, ver como poco a poco se iba haciendo pequeñito. Sentí que perdía una gran parte de mi corazón, un hombre que me enseñó a hacer el bien y trabajar honradamente. Mi abuelo Jerónimo cambió mi forma de pensar sobre lo que es ser un buen hombre y padre. Lo extraño todos los días.

Fueron años maravillosos los que compartí con mis abuelos. No teníamos mucho, pero nunca nos faltó el amor. Ellos me dieron la fuerza necesaria para continuar mi sueño. Me dieron raíces fuertes para crecer.

Comencé a estudiar la universidad, pero al poco tiempo tuve que dejarlo para apoyar los estudios de mi hermana. Cuando mis papás me lo pidieron no lo dudé ni un momento. Sentí que era lo correcto y aprendí que la vida no siempre gira en torno a uno. Que a veces está bien posponer tus sueños por apoyar los sueños de las personas que amas. Pero me sentí preocupado, tengo que ser honesto.

Cuando por fin pude estudiar pasé una de las pruebas más grandes de mi vida. Al principio decidí estudiar ingeniería industrial, creía que era una carrera “para hombres” y estaba seguro de que podría ganar mucho dinero como ingeniero, pero muy pronto me di cuenta que mi corazón no estaba ahí. Yo quería escuchar a las personas, entenderlas.

Quería darles palabras de esperanza, como las que yo recibí cuando era niño.

Así que decidí estudiar psicología.  Mucha gente se burló de mí, me dijeron que me iba a morir de hambre, que era una carrera para mujeres, que nunca iba a ser un hombre exitoso.

Pero lo que no entendían es que yo no quería ser un hombre exitoso. Yo lo que quería, lo que quiero, es ser un buen hombre. Ese es el éxito para mí.




Taller de masculinidades en OYE. © OYE

Mis padres no podían apoyarme con mis estudios, así que comencé a buscar organizaciones que ofrecieran becas y apoyarán a jóvenes como yo. Fue así que conocí a OYE. Tuve una entrevista con ellos y me dijeron que podían ayudarme, pero que a cambió debía participar en la organización, compartir con más jóvenes y desarrollar nuevos talentos, como redacción, arte, comunicación, etc.

Había encontrado mi lugar. OYE no es la típica organización que dice que “es para jóvenes” pero que en realidad te hace sentir que no sabes nada, que como joven sólo te toca callarte y aprender. Conozco muchas organizaciones llenas de personas que te miran con desconfianza y que solo quieren “salvarte” porque piensan que todos los jóvenes somos criminales en potencia.

No, OYE no es así. Aquí no solo se escucha a los jóvenes, sino que en realidad somos los jóvenes los que tomamos las decisiones, los que damos vida a la organización. Somos protagonistas y agentes de cambio.

Desde que comencé a colaborar en OYE, sentí que las personas confiaban en mí. Su admiración y su respeto me han hecho ser mejor cada día. Y siento la enorme responsabilidad de devolver todo lo que he aprendido y todo lo que he crecido a los jóvenes que llegan a la organización por primera vez. Buscando un sueño. Como yo.

Después de unos años de colaborar en OYE, me ofrecieron la oportunidad de ser promotor de masculinidades sanas. Me explicaron que tenía que hablar con otros hombres sobre la importancia de construir relaciones más justas entre hombres y mujeres, y trabajar temas como el machismo, la depresión, embarazos juveniles, etc.

Al adentrarme en este mundo aprendí, en primer lugar, a mirarme con ojos críticos. A entender que el machismo no sólo se expresa a través de la violencia y que, aunque muchas veces creemos que estamos cuidando de alguien, en realidad estamos limitando sus opciones solamente por nuestras ideas y estereotipos.

No tienes que ser una mala persona, no tienes por qué ser un monstruo para ser un machista. Por eso el machismo es tan peligroso. Por eso nos toca a los hombres revisarnos todo el tiempo y cuestionar nuestras acciones.

Jóvenes participantes de OYE portando camisetas que dicen “El machismo nos afecta a todas y todos.” © OYE

He tenido la oportunidad de formarme y compartir mis experiencias en lugares como Costa Rica, Nicaragua, Guatemala y México. En los tres años que llevo trabajando el tema de masculinidades sanas he aprendido, desaprendido, reaprendido y transformado pensamientos, he modificado conductas bastante arraigadas, he descubierto nuevas violencias que aún tengo que nombrar y tratar de cambiar.

Y ahora sé que he causado daño a las personas que quiero por el miedo a no ser aceptado, por no mostrar mis sentimientos, por querer quedar bien y mostrarme fuerte frente a otros hombres. Por llevar siempre una máscara.

Es un proceso doloroso, que abre heridas y que te deja desnudo. Te estallan en la cara todas tus mentiras, incluso las que te cuentas a ti mismo.

Siempre que estoy dando algún taller llega un momento en el que siento que estoy a un paso de derrumbarme. Siento que voy a gritar “no más” y voy a salir corriendo a una vida más cómoda. Y entonces miro.

Levanto la cara y miró a otros jóvenes como yo. Llenos de miedos y de dudas, pero con la valentía suficiente para intentar ser mejores. Hombres dispuestos a abrazarme, a escucharme, a acompañarme, y a regañarme si es necesario. Hombres que me recuerdan que no estoy solo. Con los que puedo llorar y reír. Con los que soy libre.

Y entonces, como un vendaval, me llega. Puedo escuchar a mi abuelo cantando, puedo sentir el vestido de mi madre, las caricias de mi abuela, las palabras de mi padre. Y me siento tan feliz, porque sé que estoy haciendo exactamente lo que quiero, por mí y por mi familia: siendo libre, ayudando a los demás, construyendo y defendiendo mi felicidad y trabajando por ser un mejor hombre todos los días.

Dando palabras de esperanza.


 

La Organización para el Empoderamiento de la Juventud (OYE) promueve la construcción de liderazgos juveniles con conciencia social y alienta el alto rendimiento académico y la formación integral a través de un programa competitivo de becas y proyectos de participación comunitaria que incluyen una estación de radio dirigida por jóvenes, así como talleres de arte, producción de videos y diseño gráfico, entre otros.

Como miembro de la Iniciativa Cambiando Actitudes de Género, Empoderando Niñas promovida por GFC con apoyo de la Fundación Summit, OYE promueve y capacita a jóvenes líderes para facilitar talleres de género y masculinidades con estudiantes de ocho instituciones educativas en El Progreso, Honduras. Los facilitadores recurren a círculos de diálogo y métodos participativos para involucrar a los jóvenes en la deconstrucción y reconstrucción de las masculinidades.

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